A lo largo de la historia, el poder estuvo bajo el control de quienes poseían, además de tierras, armas y capital, la información. De acuerdo con el enfoque de Jared Diamond en su obra *Armas, gérmenes y acero*, hoy los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial están ocupando el lugar de las armas y el acero.
La inteligencia artificial destaca como un poder estratégico que procesa datos, predice tendencias e influye en la percepción y los mecanismos de toma de decisiones. Mientras una parte importante de los datos globales se concentra en un reducido número de empresas tecnológicas, la capacidad de procesamiento, la producción de chips y la infraestructura en la nube también se concentran en determinados centros. Esta situación crea una nueva brecha entre quienes producen los datos y quienes los convierten en poder, así como un riesgo de dependencia para las sociedades que no cuentan con una infraestructura propia.
El debate sobre el “imperialismo de la inteligencia artificial” también pone sobre la mesa, además de los beneficios en la educación, la salud, la ciencia y la administración pública, la concentración del poder tecnológico en determinadas manos. El presidente Recep Tayyip Erdoğan, en la 81.ª Asamblea General de la ONU, celebrada el 22 de septiembre de 2026, advirtió sobre la “tecno-polarización” y la “hegemonía digital”, y pidió acelerar la adopción de normas de derecho internacional vinculantes y de regulaciones de la ONU.
Por qué es importante
Este texto aborda las relaciones de poder en torno a la inteligencia artificial no como un panorama ya definido, sino dentro de un marco de interpretación histórica y política. El eje central del debate es que la diferencia entre las sociedades que producen los datos y los centros que controlan la capacidad de procesarlos puede generar dependencia en ámbitos fundamentales, desde la educación hasta la administración pública. Por ello, la cuestión no se limita a la influencia de las empresas tecnológicas, sino que también plantea interrogantes sobre la capacidad de los países para desarrollar sus propias infraestructuras y sobre cómo se regulará el acceso a los beneficios que proporciona la inteligencia artificial. El llamamiento expresado en la tribuna de la ONU deja abierta la cuestión de si la concentración del poder en el ámbito digital puede abordarse mediante el derecho internacional y normas comunes.