Borges, en sus ensayos sobre Dante, aborda el concepto de «asesino» como una abstracción; sostiene que lo concreto es el individuo que, como Raskólnikov, actúa dentro de una red de circunstancias. Sin embargo, el caso de Ricardo Barreda fue uno de los feminicidios vinculados al delirio masculino de poder y de tener la razón.
El odontólogo Ricardo Barreda asesinó con una escopeta a su esposa, Gladys McDonald; a su suegra, Elena Arreche, y a sus 2 hijas, Cecilia y Adriana, el 15 de noviembre de 1992 en su casa de La Plata. Recogió los cartuchos, se cambió de ropa, comió en un restaurante, se reunió con una mujer y fue a la costa de Punta Lara. Por la noche regresó a casa y escenificó un robo; dijo en el hospital que habían entrado ladrones y que había cadáveres en la vivienda. La policía no tardó en sospechar de Barreda. Durante el interrogatorio, Barreda indicó dónde estaba el arma y relató los asesinatos.
La primera audiencia se celebró 9 meses después de la masacre. Los medios se centraron más en la personalidad de Barreda, de 56 años, que en las víctimas. Se informó de que había dicho a su abogado que «vivir con esas mujeres era un infierno» y de que su esposa deseaba su muerte. Las publicaciones basadas en la supuesta humillación transformaron el perfil del criminal en un relato de «víctima». La entrada del tribunal se llenó de personas que apoyaban a Barreda.
Por qué es importante
El caso ofrece un ejemplo de cómo el lenguaje periodístico que se centra en la personalidad del autor de los feminicidios y en la humillación que este alega puede relegar a las víctimas a un segundo plano. El intento de explicar las circunstancias personales de Barreda puede relacionarse con la objeción de Borges al concepto abstracto de asesino; sin embargo, este enfoque también hace visible la frontera que lo separa del relato de victimización que justifica el asesinato de cuatro mujeres. El apoyo frente al tribunal demuestra que este relato no se limitó al enfoque informativo, sino que también se reflejó en la reacción pública. No obstante, el texto no contiene pruebas más concretas sobre el alcance y la frecuencia de las publicaciones ni sobre cómo se representó a las víctimas que permitan concluir que los medios distorsionaron el caso. Aunque esta carencia hace comprensible la orientación de la crítica, deja abierta la posibilidad de una evaluación generalizable de los medios.